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La Consagración de los frutos de las acciones

Tarde o temprano el tiempo destruye todo. El tiempo destruye todo, a excepción de lo que es eterno, de lo que ha alcanzado la inmortalidad, porque solo aquello que tiene fundamento en Dios Padre es eterno y estará a salvo de la muerte.
                       
Todo aquello que no sea eterno, es solo mortal y tarde o temprano perecerá, desaparecerá, se arrancará desde su raíz  porque está sometido al inexorable colmillo devorador del tiempo. Los colmillos del tiempo lo devoran todo, a excepción de aquello que ha alcanzado la inmortalidad, de aquello que ha alcanzado la eternidad. Según la espiritualidad yóguica, el tiempo destruye todo a excepción de aquellos que han alcanzado de verdad a Dios, que han alcanzado la perfección, que han obtenido el estado de inmortalidad espiritual.
En este sentido conviene recordar que el ser humano puede acercarse a Dios mediante cualquier acción (karman) que haga cuando consagra.


En el momento de ofrecer los frutos de las acciones  a Dios, cuando Dios recibe la ofrenda de nuestra acción como fruto que será fructificado no de aquel que realiza la acción sino que de Dios el Padre, en esta situación el ser humano es tangente con Dios Padre. El es de ese modo tangente con el eterno y vive en cierta proporción el estado de comunión con aquello que es inmortal, con aquello que es eterno.
En esta hipótesis el ser humano es capaz de sentir como Dios lo abraza y al mismo tiempo como el se abre y puede abrazar a Dios Padre. Es un aspecto esencial que, si no lo olvidamos y perseguimos ofrecer a Dios nuestras acciones importantes a lo largo del día, especialmente desde del punto de vista del fruto, tendremos la posibilidad de centrarnos en Dios Padre, ser participantes en cierta proporción al estado de inmortalidad, de eterno que nos la transfunde indirectamente después de realizar el estado de consagración.


En esta situación podemos sentir su inspiración, fuerza, gracia, poder y lo que es más importante, estaremos absueltos de las cadenas del Karma.
Mucha gente tiene miedo a veces, de las acciones que realizan. ¿Porque? Por que estas acciones, cuando se hacen sin ofrenda de sus frutos hacia Dios, crean cadenas karmicas, en el sentido que después el ser humano, estará obligado tarde o temprano en esta existencia o en la futura a recibir los frutos que merece. Si la acción ha sido mala, estos frutos serán amargos; pero incluso en el caso de las acciones buenas, benéficas, el ser humano que no ha realizado la consagración de sus acciones hacia Dios, estará obligado de modo inexorable a volver a reencarnarse y recibir así estos frutos.


Por esta razón, en la visión de los sabios del planeta, la hipótesis de no realizar la consagración es sin embargo una hipótesis de encadenamiento. Es por eso que Jesucristo nos hace aquí, entender que el centrar en Dios Padre,( expresado por esta corta parábola de la cepa de vid que tiene sus raíces en Dios), nos puede ayudar a alcanzar al estado de liberación de cualquier acción que realicemos, si está ofrecida a Dios como fruto anterior de la acción, si esta ofrenda nuestra está recibida y si nosotros sentimos el estado de gracia de Dios que recibe de este modo, nuestro regalo (ofrenda).




Mediante esta entrega nuestra, beneficiaremos interiormente de la gracia de Dios, su fuerza y su inspiración en la realización de aquella acción y al mismo tiempo la acción que realicemos no nos atará creando condicionamientos ni para el futuro cercano ni para las eventuales encarnaciones futuras.
En esta situación (si realizamos la Consagración hacia Dios de los frutos de las acciones) nosotros estaremos de verdad absueltos -  si a través de nuestro nivel evolutivo hemos logrado esto – encarnarnos de nuevo y de nuevo.


A cambio, en la situación en la que nosotros perdemos de vista centrar los frutos de nuestras acciones y ofrecerlas a Dios, el encadenamiento kármico se producirá de modo inexorable, es incluso inevitable.
Y en esta infeliz alternativa, tendremos que recibir obligatoriamente los frutos de nuestras acciones, en el sentido de que estaremos obligados a recoger en el momento oportuno, incluso en otra vida. Esto puede representar para nosotros una sujeción, una cadena, aunque los frutos que tendremos que a recoger, estarán sin embargo buenos, porque estaremos obligados a hacer esto.


Debido a esto, estaremos obligados a reencarnarnos una vez más y aunque tendremos una existencia maravillosa, aunque beneficiaremos de los frutos sublimes, maravillosos, que dan felicidad, sin embargo no podremos renunciar a estos frutos que vuelven a nosotros de modo obligatorio. En la situación en la que nos desapegamos de estos frutos y los ofrecemos a Dios, esta obligatoriedad no puede existir.
Por tanto, estaremos libres de los frutos de nuestras acciones, y aquél que las realiza a través de nosotros, en esta situación es Dios mismo.


Después de consagrar, sentimos su gracia efectiva porque no somos nosotros los que actúan en este momento sino que El y así podemos estar extraordinariamente enriquecidos; porque a través de nuestras acciones podemos participar de modo directo en la manifestación divina.
Según la enseñanza del ramo de yoga Karma Yoga, es un estado de gracia que puede tener el ser humano en cualquier momento con la condición de no olvidar y ofrecer los frutos de sus acciones importantes a Dios.